TE INVITAMOS A CONOCER NUESTRO SITIO WEB,
ALLI ENCONTRARAS INFORMACION ACERCA DE LA PROGRAMACION Y ACTIVIDADES EN EL CRISOL.

http://www.crisol.org.ar


MUCHAS GRACIAS.



Mostrando entradas con la etiqueta Nuestros espectáculos. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta Nuestros espectáculos. Mostrar todas las entradas

Zozobra

Este espectáculo fue estrenado por Crisol Teatro en diciembre de 2006, en El Crisol, Buenos Aires, Argentina



Actuación

Héctor Grillo Diego Manara

María Elena Juliana Vélez Cárdenas

Alejandra Magno Carina Resnisky

Amparo Fino Serán Cecilia Giovanini


Escenografía y vestuario: Crisol Teatro

Fotografía: Leandro Natale

Diseño gráfico: Hernán Cabrera

Producción general: Crisol Teatro


Dirección general: Marcela Fraiman


Dramaturgia: Darío Durban



Este espectáculo contó con el apoyo de PROTEATRO y del Instituto Nacional del Teatro.



Dijo la crítica:



La directora Marcela Fraiman llevó a sus actores a crear sensibles personajes que, mediante sus interrelaciones, instalan el clima tragicómico de la obra. Una vez más el Crisol Teatro llama la atención con un espectáculo que, a través de la sencillez, logra una inquieta sensación de extrañamiento.”
(Crítica Teatral. Gabriel Peralta.)


“Marcela Fraiman desarrolló una labor desde la dirección basada en los desplazamientos y en muy precisas diferencias corporales de los personajes [...] la homogeneidad de los actores y un notable entendimiento entre ellos, los cuatro logran un ensamble perfecto, sus movimientos son precisos y ninguno se desborda, sus personajes están compuestos con absoluta medida”
(Boletín NivelArte. Carlos Herrera.)


“Cuatro personas que no tienen un rumbo fijo en sus vidas se reúnen con el objeto de, tal vez, hacer un poco más feliz su existencia. Hay algo "sectario" en el ambiente y su directora, Marcela Fraiman, con extraordinaria lucidez aborda la profunda psicología de cada uno de los personajes...”
(Radio Continental. Mariano Abraham en el programa de Luisa Delfino.)


Para ver más fotos, haga click aquí.

Para leer un fragmento de Zozobra, haga click aquí.


Zozobra (Fragmento)

Entra, tímida, Amparo. Deambula por el lugar, lo recorre. Ve el libro y se acerca a él. Lo acaricia, lo abre y hojea. Escucha pasos. Entra Héctor y se encuentran. Ella devuelve el libro a su lugar.

AMPARO: ¡No!
HÉCTOR: ¿No?
AMPARO: (Nerviosa.) Hola. (Lo encara con la mano extendida.) Hola, yo soy...
HÉCTOR: Sí, sí, claro, yo...
AMPARO: Sí, el amigo de...
HÉCTOR: Sí, debe estar llegando.
AMPARO: Sí, yo llegué muy temprano.
HÉCTOR: Yo también, yo... (Ambos en silencio por un momento.) Hay un baño al final del pasillo, por si quiere... antes de empezar.
AMPARO: No, no, estoy bien. (Silencio.) ¿Y de dónde conoce a...?
HÉCTOR: Tenemos el mismo pasatiempo.
AMPARO: Claro, me imagino. Yo soy tan nueva en esto...
HÉCTOR: Sí, sí, yo también.
AMPARO: No manejo muy bien... (Mímica de tipear.)
HÉCTOR: Ah, no, claro... (Mímica de tipear.) Yo me defiendo.


Entra Alejandra. No sabe si es el lugar que busca. Ve a Amparo y a Héctor y les da la espalda. Observa el lugar, trata de reconocerlo. Héctor y Amparo la miran de lejos.

HÉCTOR: Señora, ¿busca algo?
ALEJANDRA: ¿Eh? No, no, estoy esperando... tenía que encontrarme con unos amigos.
HÉCTOR: ¿En este lugar?
ALEJANDRA: No sé, creo que sí. ¿Es acá?
AMPARO: Sí, es acá.
ALEJANDRA: Ah, pero entonces ustedes son...
AMPARO: Sí, sí, somos nosotros. (Amparo abraza a Alejandra. Luego Alejandra abraza a Héctor que se resiste incómodo.)
HÉCTOR: Hay un baño al final de pasillo...
ALEJANDRA: Ay, qué suerte.
AMPARO: Menos mal.
ALEJANDRA: Falta uno ¿no?
HÉCTOR: Yo avisé en el mensaje que había que ser puntual.

Se miran entre todos. Se genera una situación de incomodidad mientras esperan. Crece la tensión.


HÉCTOR: ¿Preparamos?


Cada uno saca de su bolso o bolsillo los elementos que debían llevar. Héctor: una hoja de papel enrollado y una pluma de ganso; Alejandra: una botella de whisky y una copa; Amparo: un cuchillo grande. Hacen a un lado la mesa del libro para despejar el espacio central. Héctor aprovecha para tomar el libro sin que lo vea Amparo. Le genera una sensación de aspereza, como cuando uno pasa las uñas contra un pizarrón, así que lo vuelve a dejar enseguida.


ALEJANDRA: (Se percata de la presencia del libro.) Qué bonito.
AMPARO: ¿Viste? A mí también me encantó, es suavecito. (Héctor la mira desorientado.)
HÉCTOR: A mí me raspa.


Cada uno ubica los elementos en el espacio, y los vuelven a reubicar. Entra María Elena agitada y corriendo.


MARÍA ELENA: Perdón, mil veces perdón, les pido disculpas por la demora, yo salí con tiempo pero me robaron y tuve que correr al ladrón, nadie me ayudó, lo corrí como cinco cuadras, pero igual se fue, por suerte tiró mi cartera, todavía no sé qué me sacó y después perdí la dirección y no encontraba un cyber…
HÉCTOR: No le habrán robado las… (Todos se abalanzan sobre ella y revisan también la cartera.)
MARÍA ELENA: No, no, las tengo por acá, en algún lugar… (Encuentra y saca un pote con galletitas.) ¿Les molesta si descanso un rato? Estoy tan exhausta... (Se interrumpe y le clava la mirada a Héctor.)
ALEJANDRA: Pero no se puede, no hay tiempo.
AMPARO: Eso no es en lo que habíamos quedado.
MARÍA ELENA: (No contesta. Sigue mirando a Héctor.)
AMPARO: ¿Se siente bien?
HÉCTOR: Déjenla en paz. Que se tome un respiro. Nosotros podemos seguir.

La segadora

Este espectáculo fue estrenado por Crisol Teatro en abril de 2006, en El Crisol, Buenos Aires, Argentina.


Actuación
Actriz y Niña extraviada Marcela Fraiman


Escenografía y vestuario: Crisol Teatro

Sonido: Pablo Chinen

Fotografía: Bárbara Domato

Diseño gráfico: Hernán Cabrera

Producción general: Crisol Teatro


Dirección general: Marcela Fraiman y Carina Resnisky


Dramaturgia: Darío Durban



Este espectáculo contó con el apoyo de PROTEATRO, del Instituto Nacional del Teatro y del Fondo Nacional de las Artes.


Dijo la crítica:


“...La actriz se interroga constantemente el “para que” este personaje hace lo que hace y se formula diversas maneras de cómo interpretarlo. El personaje pasa por las vicisitudes de un viaje iniciático que lo llevará a cambios profundos.

...Marcela Fraiman realiza un gran trabajo en el desdoblamiento actriz-personaje y transporta al espectador por caminos, andenes, montañas y campos.

...”La segadora” demuestra que la economía de recursos no impide realizar una obra que es a la vez profunda y divertida.”

(Crítica Teatral. Gabriel Peralta.)



Para ver más fotos, haga click aquí.

Para leer un fragmento del texto, haga click aquí.

La segadora (Fragmento)

La Actriz está en escena mientras entra el público. Se maquilla y se viste. Durante todas las intervenciones de la Actriz, ésta se irá maquillando y vistiendo como el personaje de la Niña Extraviada.

ACTRIZ: (Al público.) El espectáculo comenzará en cinco minutos.

Continúa vistiéndose.

ACTRIZ: En realidad tenía ganas de contarles un poco acerca del proceso de este espectáculo. Porque, llegados a esta instancia, nos resultó y todavía nos resulta un poco complicado...

Empezamos como siempre. Eso fue hace ya… hace mucho. La cosa es que uno tiene una dinámica, un proceso que demostró ser útil en otras ocasiones y al que uno trata de aferrarse. Pero desde el principio este espectáculo fue diferente.

Muchos borradores fueron y vinieron varias veces. Y de todos ellos surgían las mismas cuestiones que podrían resumirse en una sola pregunta: ¿Cómo decir algunas cosas? Porque… podemos convenir que muchas veces las palabras no lo dicen todo, ¿verdad? Muchas veces las palabras no alcanzan o sobran… y entonces todo discurso se vuelve confuso y hasta obsoleto.

Es lo mismo que cuando... por ejemplo... ¿Tuvieron alguna vez una experiencia abrumadora? Una felicidad mayúscula o una tristeza infinita o una tragedia. Son todas cosas que no se pueden contar. No es tanto que no se pueda, sino que uno siente que las palabras no le hacen justicia, se quedan cortas. Tal vez, una palabra acompañada de un gesto... De todas formas, no sé si es suficiente.

Así que finalmente decidimos dejar de luchar con las palabras y dejarnos llevar. Pero no sé si adonde arribamos no resultó todavía más confuso...

Apagón. Suben luces en transición. La Niña Extraviada llega al espació olfateando como un perro. Mira hacia arriba, hacia abajo y a los lados.

NIÑA EXTRAVIADA: ¿Esto es antes o después? De todas las cosas que imaginé... o de las que voy a imaginar... ninguna se parece a esto.

Saca una brújula, mira. Se relaja. Comienza a olfatear de nuevo, se fastidia y busca algo con el olfato. Se rasca la cabeza y registra el olor en su mano. Se va oliendo el brazo, el cuerpo hasta que llega al bolso, lo abre y saca un espejo. Lo da vuelta y al mirarse le da mucho asco y da vuelta la mirada tapándose la nariz. Guarda el espejo y saca un vaso con agua. Bebe.

NIÑA EXTRAVIADA: ¡Qué sed!

Guarda el vaso, saca una cajita. La abre, le habla y la toca como si fuera un niño. La tranquiliza como si se hubiera puesto mal.

NIÑA EXTRAVIADA: Vamos bien, vamos bien. Pasamos la noche en esa cueva y mañana... (Furiosa.) ¡Ya sé que se acaba el tiempo! Se acaban los días, las noches, los cafés con leche, las tostadas con manteca... No podemos esperar. (Se da cuenta de su exabrupto y se arrepiente.) Pero... no, no llores, no llores... (Escucha a la cajita.) Bueno, no, si, si, no, bueno, bue...

Cierra la cajita y la guarda en el bolso. Amaga a salir, pero se da vuelta sobresaltada.

NIÑA EXTRAVIADA: ¿De quién es esa risa?

Bajan las luces de escena, se enciende la luz general.

ACTRIZ: Fueron meses de dar vueltas, de imágenes atolondradas, de textos confusos, de personajes escurridizos y de algunas ocurrencias. Recién después de todo esto, ella empezó tímida a definirse. Se asomó desde algún rincón de nuestra caótica imaginación para contarnos su historia.

Pero su historia es, por cierto, un tanto contradictoria, un tanto misteriosa.

Piensen: una mujer se va, se aleja. ¿Qué la impulsa a partir así? ¿Qué busca alguien que lo deja todo atrás, sin reparos? Porque algo debe estar buscando, ¿verdad?

¿Una salida? ¿De dónde? ¿O hacia dónde? Tal vez está escapando. ¿Pero de qué? O tal vez se dio cuenta que se le acaba el tiempo y sólo intenta recuperar todo eso que no pudo ser.

Creo que, en general, los personajes que crecen en las páginas son elusivos, inexpresivos, poco confiables… evasivos. Como la gente la mayor parte del tiempo. Pero uno igual no puede dejar de preguntarse: ¿qué hay detrás de todo esto? Y sí, hay algo que no se dice. ¡Claro y tal vez esto es lo más importante! ¿Qué susurra entre palabras? ¿De qué nos habla su silencio?

Factoría

Este espectáculo fue estrenado por Crisol Teatro en septiembre de 2004, en El Crisol, Buenos Aires, Argentina.


Actuación
Ella1 Carina Resnisky
Ella2 / Él
Marcela Fraiman /Nicolás Alliani


Escenografía y vestuario: Giselle Rodríguez Bosio y Leandro Lucanera

Sonido: Diego Araujo

Fotografía: Florencia Cosin y Agustina Herrera / Bárbara Domato

Diseño gráfico: Pedro Yepes

Producción general: Crisol Teatro


Dirección general: Marcela Fraiman


Dramaturgia: Darío Durban



Este espectáculo contó con el apoyo de PROTEATRO y del Fondo Nacional de las Artes.



Dijo la crítica:


"La marcación ha sido rigurosa y precisa, en una sola línea para ambas actrices, ya que crear este ambiente no da lugar ni a pequeñìsimos errores...

Las actrices se complementan y no se despojan jamás de sus personajes, algo muy valioso, ya que el vertiginoso ritmo, es un riesgo que deben afrontar para no caer en algo aburrido. Van desgranando pequeñas sorpresas para el espectador, dándole de a poco todo, hasta lograr que éste quiera rescatarlas, porque permiten y logran que se vaya metiendo en ese mundo, del que todos queremos salir."

(Críticas de Arte. Carlos Herrera.)



Para ver más fotos, haga click aquí.

Para leer un fragmento del texto, haga click aquí.

Factoría (Fragmento)

Ambos trabajan en la máquina. Suena la sirena e interrumpen la actividad. Cada uno toma el banco sobre el que estaba sentado y lo acomoda en el espacio. Él se acuesta en su banco. Ella se sienta en el suyo y tararea con la mirada perdida, pero la melodía son ruidos sin sentido, repite el sonido de la maquinaria. Él la calla.

ELLA: (Suspira.) Estos son los momentos en los que una quisiera tener una radio.

ÉL: ¿Acaso la radio te quita el cansancio?

Ella: En absoluto. Pero te arrulla lo suficiente como para no sentir el dolor.

Él: Yo no necesito arrullo. La fatiga eliminó el dolor hace horas.

Ella: Pero no puedes dormirte tan pronto.

Él: ¿Por qué no? ¿Te crees capataz?

Ella: En absoluto. Yo también tengo sueño. Mi conciencia se me escapa como un gato en la noche, y no puedo hacer nada para evitarlo.

Él: ¿Ya lo ves? ¿Para qué quieres estar despierta entonces? Si nos acostamos ahora, con suerte tendremos cinco horas antes de la sirena.

Ella: Si no suena la alarma.

Él: Claro está.

Ella: De todos modos, me niego a dormir.

Él: Haz como quieras. Pero necesitas el descanso, por tu propio bien.

Ella: Lo que necesito es tiempo.

Ella se acuesta. Luego de unos instantes se levanta.

Él: (Irritado.) Ahí estás de nuevo. Mejor será que duermas.

Ella: No puedo. (Intenta llorar, pero no puede.)

Él: Ya ves lo que logras. (Él se levanta.)

Ella: ¿Que he logrado qué?

Él: Despabilarme. Y falta tan poco para la sirena que me dan ganas de llorar. (Lloriquea.)

Ella: ¿Nunca te preguntas por qué la noche es tan corta?

Él: Sí, es la pregunta que me llevo a la almohada todas las noches. Pero así son las cosas. De nada sirve quejarse.

Ella: Sin embargo la oscuridad dura hasta entrada la mañana. (Casi niña.) ¿No sería lindo despertar cuando recién aclara?

Él: Sería maravilloso. Pero eso no es natural. Se despierta cuando suena la sirena.

Ella: Si no suena la alarma primero.

Él: Si se trabaja duro durante el día, no hay necesidad de alarma.

Ella: No sé, los días que más duro nos he visto trabajar, por la noche igual hemos tenido emergencia.

Él: Se habrá trabajado duro, pero de todas formas no se habrá llegado a cubrir la cuota de producción. Y no habrás trabajado tanto, si has tenido tiempo de ver lo que hacíamos el resto.

Ella: Trabajo tanto como cualquier otro. Pero me arden los ojos, y necesito alzar la vista cada tanto. Necesito ver lejos. ¿Acaso tú no?

Él: No tengo idea a qué te refieres.

Ella: Todo el tiempo con la vista en la máquina, tan cerca, tan gris, tan cuadrada. Siento que mi mirada choca contra ella, que la golpea. Por eso necesito mirar un poco más allá por unos instantes.

Él: No hay sentido en lo que dices.

Ella: Nada tiene sentido.

Ella saca un par de viejos guantes. Se los pone. Sonríe. Se acaricia. Ríe. Él se despierta, y ella esconde rápido los guantes a sus espaldas.

Él: ¿Qué tienes ahí?

Ella: Nada.

Él: ¿Por qué no te vas, ya, a la cama? ¿No te das cuenta de que me despiertas?

Ella: No, cada minuto de inconciencia es un minuto menos de vida.

Él: Tengo que estar fresco mañana. Mi trabajo es muy importante.

Ella: Ya he perdido demasiado tiempo.

Él: Cualquier distracción puede provocarme un accidente a mí o a alguien más.

Ella: Demasiado tiempo…

Él: Toda la línea depende de mí. Además, el mes pasado lo tuve tan cerca que casi pude acariciarlo. Pero enfermé del estómago y debí permanecer todo un día en cama.

Ella: ¿De qué hablas?

Él: Del premio. El mes pasado casi fue mío.

Ella: No sé por qué te esfuerzas. No vale la pena.

Él: ¿Cómo? ¿No vale la pena? ¿No valen la pena dos raciones adicionales de comida por semana?

Ella: No por todo el trabajo que eso implica.

Él: Entonces no te molestará que no las comparta contigo. No quiero ni que las mires. (Se acuesta en el banco.)

Ella: ¡Perfecto!

Él: ¡Perfecto! Yo tendré dos raciones más de comida por semana. Eso es: seis raciones más al mes. (Se relame de sólo pensarlo. Se duerme.)

Ella: ¡Que las disfrutes! (Ella tararea nuevamente la canción hasta tranquilizarse.)

Las noctámbulas

Este espectáculo fue estrenado por Crisol Teatro en julio de 2003, en El Crisol, Buenos Aires, Argentina.




Actuación

Madre Marcela Fraiman
Hija
Carina Resnisky


Escenografía y vestuario: Giselle Rodríguez Bosio y Crisol Teatro

Fotografía: Bárbara Domato

Producción general: Crisol Teatro



Dirección general: Marcela Fraiman


Dramaturgia: Darío Durban




Para ver más fotos, haga click aquí.

Para leer un fragmento del texto, haga click aquí.

Memorias del enamorado y la muerte

Este espectáculo fue estrenado por Crisol Teatro en octubre de 2002, en Espacio Cultural Urbano, Buenos Aires, Argentina.




Actuación
Ella
Marcela Fraiman


Escenografía y vestuario: Alejandro Zanzi

Fotografía : Julia Anguita

Diseño gráfico: Pedro Yepes

Producción general: Crisol Teatro



Dirección general:
Marcela Fraiman


Dramaturgia: Darío Durban



Para ver más fotos del espectáculo, hagal click aquí.

Para leer un fragmento del texto, haga click aquí.

Las noctámbulas (Fragmento)

En el espacio hay dos sillas y una mesa pequeña. La hija está sentada y escribe en un anotador. Entra la madre.

MADRE: ¿Qué tiene que ver usar camisas floreadas y salir a tomar el sol todos los domingos con nuestro problema?

HIJA: ¿Bermellón se escribe con B larga o con V corta?

MADRE: Los médicos de hoy tienen soluciones rápidas para todo, como si a una le resultara tan fácil... Además, ¿quién dijo que padecemos de alguna enfermedad?

HIJA: ¿Cómo se llamaban esas florcitas que tuviste en el balcón? Esas que murieron de un momento a otro, cabizbajas, como si hubieran sufrido un golpe de depresión.

MADRE: El Dr. Benítez nunca me hubiera dicho algo así... (La hija la mira extrañada.) El amigo de tu padre. ¿Quién diría que a esta altura de mi vida, después de tanta desgracia parida, tuviera yo que escuchar semejantes disparates de un profesional?

HIJA: Pero, ¿qué te ha dicho que es tan grave?

MADRE: Me ha preguntado por ti, como siempre. Cada vez que voy me pregunta por ti.

HIJA: De nuestro problema, ¿qué ha dicho de nuestro problema?

MADRE: Me dice que ya no te ve pasar desde su ventana.

HIJA: Me asustas. ¿Qué te ha dicho de la enfermedad?

MADRE: Y siempre quiere saber por qué no has ido conmigo a la consulta ya que tú padeces lo mismo.

HIJA: ¿Y tú qué le has contestado? No habrá sido la verdad.

MADRE: ¿La verdad? Dios me libre. No podemos darnos el lujo de decir la verdad.

HIJA: Entre otros muchos.

MADRE: De todas formas, creo que en un punto él tiene razón. La próxima vez irás tú y yo me quedaré

HIJA: ¿Yo? ¿Y cómo haré para acordarme de todo? ¿Del tratamiento y de las contraindicaciones?

MADRE: Lo anotas.

HIJA: Sabes bien que no entiendo nada cuando habla...

MADRE: ¡Todo lo tienes que discutir! En mis tiempos las mujeres no elegíamos. Hacíamos lo que teníamos que hacer.

La hija comienza a tararear una canción. La madre la escucha y sin darse cuenta se le dibuja una sonrisa y se le pierde la mirada. La hija deja de cantar. La madre reacciona de inmediato.

MADRE: Escribe, escribe. Aprovecha la vigilia, que esta puede ser nuestra última noche.

HIJA: Claro que puede serlo. Encontré la llave.

MADRE: ¿Qué?

HIJA: Eso. Encontré la llave en el tarro del azúcar. ¿Puedes creerlo? Como si nunca se me fuera a ocurrir prepararme un café.

MADRE: Debemos estar juntas, comprendernos para superar este duro momento. ¡Ay! Si viviera tu padre... ¿Sobre qué escribes? Léeme un poquito.

HIJA: (La hija lee sin mirar el cuaderno, observando a la Madre.) “A la entrada del Hospital había un pasillo estrecho y oscuro. Allí estaban los enfermos que esperaban ser recibidos. Junto a ellos, haciendo gran ruido, pasaban los mozos y las enfermeras, cruzaban flacos enfermos internados envueltos en sus batas, retiraban a los muertos y los orinales, lloraban los niños y soplaba el viento...”

MADRE: Debemos tomar nuevas medidas de seguridad. Hay que tapiar las ventanas.

HIJA: Pero si ya cerramos los postigones. ¡No va entrar una gota de aire!

MADRE: Y apuntalar la puerta del balcón desde adentro.

HIJA: Pero si esa salida ya está clausurada...

MADRE: ¡Eres terca, terca como tu padre! No, ese era el peor. Porque después se mueren y son santos pero hay que decir lo que eran...

HIJA: Estoy agotada, me voy a descansar.

MADRE: Ya lo sabía yo. ¿Cómo no estar exhausta después de lo de anoche? (Durante un momento la Madre mantiene la tensión. Silencio, se miran. Luego con saña.) Estabas en la sala, te habías puesto tu vestido de domingo...

HIJA: ¿El marrón?

MADRE: Si. Y bailabas enloquecida, como si estuvieras en un baile público. ¡Vergüenza!

HIJA: ¿¡Vergüenza!? ¿Cuándo vas a explicarme por qué aquella tarde cuando Felipito me vino a buscar, le dijiste que yo no estaba y que no lo quería ver más?

MADRE: Eso fue hace mucho tiempo. Además no era un buen muchacho.

HIJA: Teníamos trece años. ¿Quién sabe...?

MADRE: Yo sí sé. A esta altura estarías doblada de cargar cestos de ropa ajena. Deberías agradecerme por haberte salvado de tener una vida como la mía.

HIJA: ¡Sh! Oscurece. Debemos estar cerca, debemos vigilarnos. Haremos turnos esta noche. Tú puedes dormir mientras yo te miro. Luego haremos al revés.

MADRE: No, tú dormirás primero.

HIJA: No, tú.

MADRE: No, tú.

HIJA: No, tú.

MADRE: ¡Basta! La última vez que intentamos esto, desperté en el armario revolviendo las camisas de tu padre. No sirves para esto.

HIJA: Tampoco tu me detuviste aquella noche que armé mis valijas y estaba decidida a irme con la lista del mercado en la mano, asegurando que tenía un pasaje de ida a...

MADRE: (Estalla en carcajadas.) ¡Hong Kong!

HIJA: Ya veo que lo disfrutas. Entonces... ¿Cuál es el tratamiento?

MADRE: El tratamiento. ¿Dónde se ha visto? Mejor será que velemos la noche entera.

Memorias del enamorado y la muerte (Fragmento)

Luz de sala. El espacio está vacío a excepción de una silla ubicada en el centro. Ella está sentada. Murmura como si hablara con alguien invisible. Durante la obra volverá a hablar con personajes que sólo ella ve. Vuelve su mirada, ve al público que ingresa a la sala y se incorpora.

ELLA: ¡Hola! Buenos días. Pasen, pasen, por favor. Sí, adelante. Como en su casa, ¿eh? Adelante, por favor. Tomen asiento. O, bueno, si prefieren quedarse de pie...

Si hubiera sabido que venían, hubiera preparado algo, los hubiera recibido con un refrigerio, algún entremés. Antaño lo hacía con gran opulencia y derroche, como en las fiestas que daba para mi familia política. Pero hoy corren tiempos desdichados, ¿verdad? Si hubiera sabido al menos, me hubiera arreglado un poco. Miren como estoy, ¡casi en harapos! Me hubiera puesto mi vestido de domingo. Ése que usaba en la iglesia y los días de campo. ¡Si tan sólo recordara dónde lo guardé! O un poquito de maquillaje, una crema, un colorete, algo para la sequedad de la piel. No saben cómo tira la piel cuando se seca, y eso que yo del sol me escondo, como siempre me aconsejaba mi madre. Por eso estoy tan pálida. Pero igual la piel se cuartea.

¡Oh, qué descortesía! Olvidé levantar las persianas. ¡Esto debe parecer un tugurio, un antro de mala muerte! ¿Alguien me ayuda a correr las cortinas? No se inquieten, ya mismo enciendo la luz. Lo siento, son los nervios que me atolondran como a una debutante.

Se enciende un spot sobre ella. La silla y el resto de la sala quedan en penumbras.

¡Luz! ¡Qué bueno! En verdad, me duelen un poquito los ojos, pero eso es natural, ¿no es cierto? Es la pupila que se encoge en un espasmo violento, como un acto de autodefensa. ¡No vaya a ser que se me vuelque demasiada claridad hacia adentro! Es que yo ya estoy acostumbrada a lo oscuro, casi ni lo noto y me da lo mismo. Pero ustedes que vienen de afuera...

Afuera... afuera, ¿qué hora es? Yo no lo sé porque mi reloj se ha detenido. Se quedó sin cuerda un día, así nomás, sin avisar, y se detuvo en ese segundo nefasto. Oh sí, lo recuerdo bien porque justo en ese instante en que la aguja agonizaba, yo la observaba atenta desde hacía algunas horas, como presintiendo su final. Y desde entonces vivo y revivo una y otra vez ese mismo momento, el mismo segundo. Ya nunca más pude volver a dormir. ¿Cómo dormir si nunca más ha llegado otra noche? Aquí es siempre de día. Al menos, eso indica el reloj. Un inacabable y oscuro día de invierno.

Pero hoy es distinto, ¡están ustedes! Hace tanto que no viene nadie por aquí, que ya nunca lo hubiera esperado. ¡Pero no lo tomen a mal! Es como una de esas sorpresas lindas, algo que por fin sucede después de que una ya perdió las esperanzas de que pase. Y yo sin maquillaje, sin mi vestido. ¿Dónde los habré dejado?

Por favor, no crean que esto fue siempre así. Alguna vez todo fue distinto. Si estas paredes hablaran, les narrarían sobre épocas de gloria, cuando había fiestas, música y niños corriendo por los pasillos. Justo allí, donde están ustedes, poníamos la mesa para veinte, treinta, o hasta cuarenta invitados. Yo me pasaba horas preparando todo para que estuviera perfecto. Pero lo mejor venía después, cuando ya todos se habían hartado de comer y beber, cuando ya no quedaba nada por hablar, y la gente comenzaba a irse.

Entonces nos quedábamos solos, aquí, en nuestra sala. Solíamos sentarnos junto al fuego, cada uno con un libro, y así pasábamos horas, callados y atentos. Me refiero a mi marido. ¿Lo conocen? Bueno, no importa... La llama crepitaba y las chispas caían y se apagaban justo antes de tocar el piso. Él tenía brazos robustos y cómodos. Yo solía recostar la cabeza sobre su hombro mientras él me alisaba el cabello con la mano. (Gira la cabeza bruscamente, paranoica.) Cada tanto intercambiábamos dos o tres frases casuales, pero no mucho más. A veces hacíamos el amor, allí mismo, y otras tan sólo nos iba entrando el sueño hasta que nos extinguíamos con el fuego.

Él era un buen hombre. (Gira la cabeza bruscamente hacia el otro lado.) Un hombre como deben ser los hombres: varonil y dulce, firme y atento, contenedor y abierto. Realmente nunca voy a entender qué fue lo que sucedió. Me refiero a que un día desperté y él ya no estaba. Fue raro porque dejó todo en su lugar. No se llevó ni dinero, ni ropa, ni su navaja de afeitar. Yo pensé que volvería enseguida, así que me senté aquí mismo, donde él solía sentarse, y lo esperé con el desayuno listo. El café se enfrió, pero yo no me moví. De todas formas, cuando él llegara lo calentaría de nuevo. Pero él no apareció. El cielo se puso anaranjado, y luego gris, y azul, y casi negro. Después clareó, y naranja otra vez, y yo no había podido pegar un ojo. Lo esperé otros dos días así, sin hablar, sin dormir, sin derramar una sola lágrima. Hasta que al alba del cuarto día me levanté y cerré todo. Recuerdo que estaba en la cocina. Tiré el café, puse el pan en la alacena...