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Memorias del enamorado y la muerte (Fragmento)

Luz de sala. El espacio está vacío a excepción de una silla ubicada en el centro. Ella está sentada. Murmura como si hablara con alguien invisible. Durante la obra volverá a hablar con personajes que sólo ella ve. Vuelve su mirada, ve al público que ingresa a la sala y se incorpora.

ELLA: ¡Hola! Buenos días. Pasen, pasen, por favor. Sí, adelante. Como en su casa, ¿eh? Adelante, por favor. Tomen asiento. O, bueno, si prefieren quedarse de pie...

Si hubiera sabido que venían, hubiera preparado algo, los hubiera recibido con un refrigerio, algún entremés. Antaño lo hacía con gran opulencia y derroche, como en las fiestas que daba para mi familia política. Pero hoy corren tiempos desdichados, ¿verdad? Si hubiera sabido al menos, me hubiera arreglado un poco. Miren como estoy, ¡casi en harapos! Me hubiera puesto mi vestido de domingo. Ése que usaba en la iglesia y los días de campo. ¡Si tan sólo recordara dónde lo guardé! O un poquito de maquillaje, una crema, un colorete, algo para la sequedad de la piel. No saben cómo tira la piel cuando se seca, y eso que yo del sol me escondo, como siempre me aconsejaba mi madre. Por eso estoy tan pálida. Pero igual la piel se cuartea.

¡Oh, qué descortesía! Olvidé levantar las persianas. ¡Esto debe parecer un tugurio, un antro de mala muerte! ¿Alguien me ayuda a correr las cortinas? No se inquieten, ya mismo enciendo la luz. Lo siento, son los nervios que me atolondran como a una debutante.

Se enciende un spot sobre ella. La silla y el resto de la sala quedan en penumbras.

¡Luz! ¡Qué bueno! En verdad, me duelen un poquito los ojos, pero eso es natural, ¿no es cierto? Es la pupila que se encoge en un espasmo violento, como un acto de autodefensa. ¡No vaya a ser que se me vuelque demasiada claridad hacia adentro! Es que yo ya estoy acostumbrada a lo oscuro, casi ni lo noto y me da lo mismo. Pero ustedes que vienen de afuera...

Afuera... afuera, ¿qué hora es? Yo no lo sé porque mi reloj se ha detenido. Se quedó sin cuerda un día, así nomás, sin avisar, y se detuvo en ese segundo nefasto. Oh sí, lo recuerdo bien porque justo en ese instante en que la aguja agonizaba, yo la observaba atenta desde hacía algunas horas, como presintiendo su final. Y desde entonces vivo y revivo una y otra vez ese mismo momento, el mismo segundo. Ya nunca más pude volver a dormir. ¿Cómo dormir si nunca más ha llegado otra noche? Aquí es siempre de día. Al menos, eso indica el reloj. Un inacabable y oscuro día de invierno.

Pero hoy es distinto, ¡están ustedes! Hace tanto que no viene nadie por aquí, que ya nunca lo hubiera esperado. ¡Pero no lo tomen a mal! Es como una de esas sorpresas lindas, algo que por fin sucede después de que una ya perdió las esperanzas de que pase. Y yo sin maquillaje, sin mi vestido. ¿Dónde los habré dejado?

Por favor, no crean que esto fue siempre así. Alguna vez todo fue distinto. Si estas paredes hablaran, les narrarían sobre épocas de gloria, cuando había fiestas, música y niños corriendo por los pasillos. Justo allí, donde están ustedes, poníamos la mesa para veinte, treinta, o hasta cuarenta invitados. Yo me pasaba horas preparando todo para que estuviera perfecto. Pero lo mejor venía después, cuando ya todos se habían hartado de comer y beber, cuando ya no quedaba nada por hablar, y la gente comenzaba a irse.

Entonces nos quedábamos solos, aquí, en nuestra sala. Solíamos sentarnos junto al fuego, cada uno con un libro, y así pasábamos horas, callados y atentos. Me refiero a mi marido. ¿Lo conocen? Bueno, no importa... La llama crepitaba y las chispas caían y se apagaban justo antes de tocar el piso. Él tenía brazos robustos y cómodos. Yo solía recostar la cabeza sobre su hombro mientras él me alisaba el cabello con la mano. (Gira la cabeza bruscamente, paranoica.) Cada tanto intercambiábamos dos o tres frases casuales, pero no mucho más. A veces hacíamos el amor, allí mismo, y otras tan sólo nos iba entrando el sueño hasta que nos extinguíamos con el fuego.

Él era un buen hombre. (Gira la cabeza bruscamente hacia el otro lado.) Un hombre como deben ser los hombres: varonil y dulce, firme y atento, contenedor y abierto. Realmente nunca voy a entender qué fue lo que sucedió. Me refiero a que un día desperté y él ya no estaba. Fue raro porque dejó todo en su lugar. No se llevó ni dinero, ni ropa, ni su navaja de afeitar. Yo pensé que volvería enseguida, así que me senté aquí mismo, donde él solía sentarse, y lo esperé con el desayuno listo. El café se enfrió, pero yo no me moví. De todas formas, cuando él llegara lo calentaría de nuevo. Pero él no apareció. El cielo se puso anaranjado, y luego gris, y azul, y casi negro. Después clareó, y naranja otra vez, y yo no había podido pegar un ojo. Lo esperé otros dos días así, sin hablar, sin dormir, sin derramar una sola lágrima. Hasta que al alba del cuarto día me levanté y cerré todo. Recuerdo que estaba en la cocina. Tiré el café, puse el pan en la alacena...