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Las noctámbulas (Fragmento)

En el espacio hay dos sillas y una mesa pequeña. La hija está sentada y escribe en un anotador. Entra la madre.

MADRE: ¿Qué tiene que ver usar camisas floreadas y salir a tomar el sol todos los domingos con nuestro problema?

HIJA: ¿Bermellón se escribe con B larga o con V corta?

MADRE: Los médicos de hoy tienen soluciones rápidas para todo, como si a una le resultara tan fácil... Además, ¿quién dijo que padecemos de alguna enfermedad?

HIJA: ¿Cómo se llamaban esas florcitas que tuviste en el balcón? Esas que murieron de un momento a otro, cabizbajas, como si hubieran sufrido un golpe de depresión.

MADRE: El Dr. Benítez nunca me hubiera dicho algo así... (La hija la mira extrañada.) El amigo de tu padre. ¿Quién diría que a esta altura de mi vida, después de tanta desgracia parida, tuviera yo que escuchar semejantes disparates de un profesional?

HIJA: Pero, ¿qué te ha dicho que es tan grave?

MADRE: Me ha preguntado por ti, como siempre. Cada vez que voy me pregunta por ti.

HIJA: De nuestro problema, ¿qué ha dicho de nuestro problema?

MADRE: Me dice que ya no te ve pasar desde su ventana.

HIJA: Me asustas. ¿Qué te ha dicho de la enfermedad?

MADRE: Y siempre quiere saber por qué no has ido conmigo a la consulta ya que tú padeces lo mismo.

HIJA: ¿Y tú qué le has contestado? No habrá sido la verdad.

MADRE: ¿La verdad? Dios me libre. No podemos darnos el lujo de decir la verdad.

HIJA: Entre otros muchos.

MADRE: De todas formas, creo que en un punto él tiene razón. La próxima vez irás tú y yo me quedaré

HIJA: ¿Yo? ¿Y cómo haré para acordarme de todo? ¿Del tratamiento y de las contraindicaciones?

MADRE: Lo anotas.

HIJA: Sabes bien que no entiendo nada cuando habla...

MADRE: ¡Todo lo tienes que discutir! En mis tiempos las mujeres no elegíamos. Hacíamos lo que teníamos que hacer.

La hija comienza a tararear una canción. La madre la escucha y sin darse cuenta se le dibuja una sonrisa y se le pierde la mirada. La hija deja de cantar. La madre reacciona de inmediato.

MADRE: Escribe, escribe. Aprovecha la vigilia, que esta puede ser nuestra última noche.

HIJA: Claro que puede serlo. Encontré la llave.

MADRE: ¿Qué?

HIJA: Eso. Encontré la llave en el tarro del azúcar. ¿Puedes creerlo? Como si nunca se me fuera a ocurrir prepararme un café.

MADRE: Debemos estar juntas, comprendernos para superar este duro momento. ¡Ay! Si viviera tu padre... ¿Sobre qué escribes? Léeme un poquito.

HIJA: (La hija lee sin mirar el cuaderno, observando a la Madre.) “A la entrada del Hospital había un pasillo estrecho y oscuro. Allí estaban los enfermos que esperaban ser recibidos. Junto a ellos, haciendo gran ruido, pasaban los mozos y las enfermeras, cruzaban flacos enfermos internados envueltos en sus batas, retiraban a los muertos y los orinales, lloraban los niños y soplaba el viento...”

MADRE: Debemos tomar nuevas medidas de seguridad. Hay que tapiar las ventanas.

HIJA: Pero si ya cerramos los postigones. ¡No va entrar una gota de aire!

MADRE: Y apuntalar la puerta del balcón desde adentro.

HIJA: Pero si esa salida ya está clausurada...

MADRE: ¡Eres terca, terca como tu padre! No, ese era el peor. Porque después se mueren y son santos pero hay que decir lo que eran...

HIJA: Estoy agotada, me voy a descansar.

MADRE: Ya lo sabía yo. ¿Cómo no estar exhausta después de lo de anoche? (Durante un momento la Madre mantiene la tensión. Silencio, se miran. Luego con saña.) Estabas en la sala, te habías puesto tu vestido de domingo...

HIJA: ¿El marrón?

MADRE: Si. Y bailabas enloquecida, como si estuvieras en un baile público. ¡Vergüenza!

HIJA: ¿¡Vergüenza!? ¿Cuándo vas a explicarme por qué aquella tarde cuando Felipito me vino a buscar, le dijiste que yo no estaba y que no lo quería ver más?

MADRE: Eso fue hace mucho tiempo. Además no era un buen muchacho.

HIJA: Teníamos trece años. ¿Quién sabe...?

MADRE: Yo sí sé. A esta altura estarías doblada de cargar cestos de ropa ajena. Deberías agradecerme por haberte salvado de tener una vida como la mía.

HIJA: ¡Sh! Oscurece. Debemos estar cerca, debemos vigilarnos. Haremos turnos esta noche. Tú puedes dormir mientras yo te miro. Luego haremos al revés.

MADRE: No, tú dormirás primero.

HIJA: No, tú.

MADRE: No, tú.

HIJA: No, tú.

MADRE: ¡Basta! La última vez que intentamos esto, desperté en el armario revolviendo las camisas de tu padre. No sirves para esto.

HIJA: Tampoco tu me detuviste aquella noche que armé mis valijas y estaba decidida a irme con la lista del mercado en la mano, asegurando que tenía un pasaje de ida a...

MADRE: (Estalla en carcajadas.) ¡Hong Kong!

HIJA: Ya veo que lo disfrutas. Entonces... ¿Cuál es el tratamiento?

MADRE: El tratamiento. ¿Dónde se ha visto? Mejor será que velemos la noche entera.